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Por Eduardo de la Fuente
Palabras, en su mayoría anglicismos o deformaciones del inglés, como boarding, seating, Palco, jardinera, Amadeus, finger, slot, hora zulú y otras muchas, posiblemente no les digan nada. Forman parte de la jerga aeroportuaria y para mí significan mucho, significan tres de los años más gratificantes de mi trayectoria profesional, duros, es cierto, pero que valen por toda una vida. Tres años, entre 1996 y 1999, pasé en Spanair, en la base del aeropuerto de Palma. Descubrí un complejo y rico mundo, el ecosistema del viajero y de los trabajadores que hacen posible sus viajes. Son Sant Joan es la ciudad que nunca duerme, en la que, como en los sótanos de la Lubianka, jamás se apagan las luces. Miles de anécdotas, miles de historias personales conocí, suficientes para completar la obra bibliográfica de un Nóbel. E hice amigos, nobles, fieles, de esos que aunque pase el tiempo se acuerdan de ti, de esos a los que querrás siempre. Y ahora están en la puta y miserable calle.
Tardaremos en conocer qué ha pasado exactamente en Spanair, qué ha abocado a la compañía a un cierre traumático y repentino. Spanair ejemplifica cómo la gestión pública puede dar al traste en una nueva plusmarca una empresa viable.
Fui muy crítico en el año 2008 cuando Spanair abandonó la base de Palma para instalarse en Barcelona ante el silencio del entonces presidente del Gobierno Balear Francesc Antich. No entendí como el ejecutivo autonómico permitió que una importante compañía aérea, vital para un sector estratégico como es el Turismo en las Baleares, nos fuera arrebatada por el calamitoso tripartito de Josep Montilla, estadista de iniciativas legisladoras tan importantes como la prohibición de los toros en Cataluña y digno sucesor de la brillante política represiva cultural y social que caracteriza a la Generalitat. Antich se quedó callado, como suele ser. Hoy algunos dicen aquello de “menos mal que no nos la quedamos”. Se equivocan.
En manos catalanas, Spanair ha sido financiada y gestionada por la Generalitat, el Ayuntamiento de Barcelona y una serie de consorcios integrados por empresarios pantalla que han demostrado no tener la menor idea de qué es y de cómo se gestiona una aerolínea. Fruto de su incompetencia obraron en contra de la tendencia que se impone en el sector y apostaron por sustentar con dinero público una línea aérea, cuando se ha demostrado que la privatización es el camino a seguir. Por el patetismo provinciano de su nacionalismo creyeron que Spanair se convertiría en su “compañía de bandera”, un punto más en su suma y sigue de despropósitos para construir un país artificial. Hoy resulta una amarga ironía que el objeto de su delirio se llamara Spanair y no Catalanair. Pero en el colmo del infantilismo empresarial, los hachas que hundían la casa pretendían que Qatar Airways aportara 150 millones de euros y se hiciera con el 49 por ciento de Spanair. ¡Seamos serios, que los moros tienen pasta pero no son gilipollas! ¿Quién invertiría 150 millones de euros en una empresa agonizante para que los incompetentes que la han hundido siguieran al mando con el 51 por ciento de las acciones?
La Generalitat, el Ayuntamiento de Barcelona y la tropa nacionalista, azul o rojuna, tanto me da, deben responder por un cierre que ha perjudicado a miles de pasajeros cuando podría haberse hecho de forma ordenada; del daño que se le ha hecho a un sector tan importante para un país de servicios como es España; y de los miles de puestos de trabajo directos e indirectos que se han destruido en unos minutos. Y lo peor de todo es que han consumado sus fechorías con dinero público.
Ningún calientasillones (está por ver cuanta pasta se han levantado los nuevos gerifaltes de la compañía) conoce a las víctimas de su ignorancia y desfachatez a la hora de quemar el dinero público. Pero yo sí: tienen nombres y caras, familias, hijos, historias personales… Con algunos de ellos me reuní la pasada Navidad. El próximo sábado quieren cenar conmigo… Y yo no puedo, no puedo ir. Sería demasiado triste. Creo que es la primera vez que con dinero público me han hecho daño, daño de verdad. ¡Qué alguien nos defienda de los iluminados, de los estadistas de pacotilla, de la carne de subvención, dieta y complementos, de los que siempre pisan moqueta!
El cierre de Spanair no puede ser calificado más que como un atraco institucional. Si quieren se lo digo más claro para que no quede duda: Alfa Tango Romeo Alfa Charlie Oscar.